Sitges 2011: Día 10

No tengo ganas de escribir la crónica. Menos mal que esto ya se acaba.

Y todo se arregla con Diamond Flash, película de género par de huevos escrita, producida, iluminada, dirigida, montada y no sé qué más por Carlos Vermut. Misteriosa, inspiradora, sugerente hasta la muerte. De culto, joder. Dan ganas de darle muchas vueltas, y de volver a verla, y de ver lo próximo que haga Vermut. Un destello de diamante.

También muchas ganas de ver Drive, y muy buen cuerpo que deja. Nicholas Windign Refn se lleva todos los elogios, Ryan Gosling actua un poco lento y Carey Mulligan a veces parece que tiene diez años, pero es un encanto. Bueno, y toda la historia, muy bien, de mafiosos, coches rápidos y redenciones. Y la música es tremenda.

Varias llamadas me restriegan el haberme perdido The Artist, diciendo que es una maldita maravilla. Cuelgo y borro números.

Decido a última hora obviar el remake de La Cosa e ir a Himizu,que costará más de encontrar en los Cinesa. Un Sion Sono de verano, otra historia malroller, optimismo disfrazado de pesimismo, y con componente social de hiperactualidad social: la tragedia del Fukushima. Algo lenta y espesa, quizás cuesta estar a la altura de lo enfermizo que es el hijo de perra. Aunque en el fondo es muy bonita. Sion Sono power.

Pero la fiesta final de los voluntarios ya no es lo que era. Si en años anteriores pudimos disfrutar de la danza chamán de Gaspar Noe, la regresión temporal de una Rebecca de Mornay teenager o un brindis con Sam Rockwell, este año el nivel de mita ha caído en picado. Un acceso terriblemente restringido, más frialdad en el ambiente, menos desfase y pocas ganas de hacer partícipes a los que no son organización, algo totalmente respetable por otro lado. Aún así, y tras insistir sin éxito en pagar dinero por entrar, conseguí acceder por una puerta trasera casualmente entreabierta. Pero eso, catarsis fail.  

Y como no, obviaremos el palmarés nada más saber que la de Kevin Smith se ha llevado el gran premio. En fin.